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Mathyshop nació en una mesa de cocina, entre hojas cuadriculadas y un bolígrafo azul que se quedaba sin tinta cada dos semanas. Empezó como apuntes sueltos para un par de alumnos de secundaria que se atascaban con el álgebra, y terminó siendo un archivo ordenado por curso, dificultad y tipo de problema.
No somos un centro con matrículas ni un método patentado. Somos docentes y exalumnos que siguen resolviendo ejercicios cada semana y los dejan por escrito, con los pasos intermedios visibles, para que quien estudie pueda ver dónde se pierde y por qué.
Estudiantes de ESO y bachillerato que preparan recuperaciones o pruebas de acceso, docentes que buscan material listo para fotocopiar y familias que acompañan los deberes sin saber por dónde empezar.
Menos teoría suelta y más problemas tipo con solución comentada. Cada ficha indica el curso, el bloque temático y el nivel de dificultad, para que nadie pierda tiempo adivinando qué le toca practicar.
Directo y sin dramatismos. Si un ejercicio tiene tres formas de resolverse, lo decimos. Si un error es típico, lo señalamos. Preferimos una explicación clara a una frase motivacional que no ayuda a aprobar.
Mathyshop empezó como un cuaderno compartido entre dos profesores de instituto que se cansaron de ver a los mismos alumnos atascados en el mismo tipo de ejercicio. Lo que era un archivador de fotocopias se convirtió, curso a curso, en un archivo ordenado por nivel y dificultad.
Las primeras fichas nacieron en clase, resueltas a mano y fotocopiadas para quien las pedía. Sin índice ni numeración: solo ejercicios elegidos porque funcionaban con alumnos reales.
La decisión clave fue dejar de agrupar por tema y empezar a agrupar por nivel. Un mismo ejercicio de funciones no se explica igual en 3º de ESO que en 1º de bachillerato, y eso cambió la estructura completa del material.
Añadimos la línea intermedia que casi nunca aparece en los libros: el paso donde el alumno se pierde. Escribir ese paso, aunque parezca obvio, redujo las dudas repetidas en clase.
Los simulacros surgieron de una necesidad concreta: preparar exámenes de recuperación en pocas semanas. Se diseñaron cortos, con tiempo limitado y con corrección comentada para que el estudiante vea dónde falla.
Dos bloques que crecieron solos: técnicas para calcular sin calculadora y una guía para no perder la cabeza con las derivadas. Ambos responden a lo que más se pedía por correo.
El material empezó a usarse también en casa y en aulas de refuerzo. Eso obligó a escribir indicaciones para quien acompaña, no solo para quien estudia: qué revisar y en qué orden.